Lo ocurrido recientemente en el Centro Ol铆mpico Juan Pablo Duarte, durante y despu茅s del partido de f煤tbol entre las selecciones de la Rep煤blica Dominicana y la Rep煤blica de Hait铆, llen贸 de indignaci贸n a todo el pa铆s. Lo que debi贸 ser un acto de fraternidad deportiva se transform贸 en un episodio de violencia y descontrol que agredi贸 no solo a las personas presentes, sino a la buena fe y la hospitalidad con las que nuestro pa铆s recibi贸 a sus visitantes. No podemos permanecer indiferentes: lo sucedido exige acciones legales contundentes para que situaciones como esa no se repitan.
El desorden fue una agresi贸n directa a la buena fe y la hospitalidad que la naci贸n ofreci贸 generosamente. Desde horas antes del partido, miles de haitianos presionaron los accesos, forzaron puertas met谩licas, derribaron vallas perimetrales e irrumpieron masivamente sin boletas de entrada, generando empujones, pisotones y peligro para familias y aficionados que presenciaban el encuentro de manera civilizada. Todo ello qued贸 registrado en im谩genes y reportes de medios de comunicaci贸n que se hicieron eco de aquel espect谩culo dantesco. No importa el resultado del encuentro ni la intensidad del juego. Lo sucedido no tiene justificaci贸n. Fue un acto de salvajismo que indigna a todo el pa铆s.
La respuesta del gobierno no puede limitarse simplemente a impedir que la selecci贸n de f煤tbol de Hait铆 vuelva a jugar en instalaciones dominicanas. Esa medida es insuficiente. Debemos ir mucho m谩s all谩: es necesario identificar a cada una de las personas que participaron en esos actos violentos. Quienes se encuentren en el pa铆s de manera legal deben ser sometidos a la justicia para que respondan por sus actos conforme a la ley. Y quienes est茅n de forma irregular deben ser deportados de inmediato hacia su naci贸n de origen, porque no podemos permitir que personas que cometen actos de esta naturaleza queden impunes.
No podemos darnos el lujo de permitir ese salvajismo dentro de la tierra de Duarte, S谩nchez, Mella y Luper贸n. Estos hombres construyeron la patria sobre principios de honor, decencia y civilidad; permitir que v谩ndalos irrumpan de manera violenta en nuestros recintos deportivos es traicionar su legado.
Debemos recordar que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945, el mundo qued贸 dividido en dos grandes bloques: el bloque capitalista, con los Estados Unidos de Am茅rica a la cabeza, y el bloque socialista, liderado por la Uni贸n Sovi茅tica. Ambas potencias, conscientes de que un enfrentamiento directo con armas significar铆a una cat谩strofe mundial, acordaron ponerle un alto a la guerra abierta y midieron su fuerza a trav茅s de v铆as distintas: la influencia pol铆tica, la diplomacia, el desarrollo cient铆fico, la carrera espacial, la econom铆a y, de manera destacada, el deporte.
Los Juegos Ol铆mpicos se convirtieron en el escenario principal de esa competencia. Cada medalla, cada r茅cord, cada actuaci贸n destacada era interpretada como una demostraci贸n de superioridad de un sistema sobre el otro. Se rivalizaba en nataci贸n, atletismo, gimnasia, baloncesto, lucha, esgrima y decenas de disciplinas m谩s. Los pa铆ses invirtieron recursos enormes, formaron atletas durante d茅cadas y prepararon generaciones enteras con un 煤nico prop贸sito: demostrar ante el mundo que su modelo social y cultural era el m谩s s贸lido. Empero, a pesar de la intensidad de la competencia, la naci贸n anfitriona y la naci贸n invitada se respetaban mutuamente. Los atletas y sus delegaciones eran recibidos con honor, alojados con dignidad, protegidos por las autoridades anfitrionas y despedidos con cortes铆a, vencieran o perdieran. La naci贸n visitante respetaba los protocolos establecidos, las instalaciones deportivas, a las autoridades del pa铆s anfitri贸n, las normas de convivencias y todo aquellos que da solemnidad y respeto al encuentro. La rivalidad exist铆a, era feroz, pero siempre prim贸 la concordia.
Lo sucedido en el Centro Ol铆mpico debe servirnos de lecci贸n: para sancionar con firmeza —identificando, procesando y deportando a quienes participaron—, para restaurar el respeto que merece la hospitalidad y para orientar nuestros esfuerzos deportivos con inteligencia y madurez. Las grandes naciones rivales del mundo aprendieron que se puede competir con todo el coraz贸n sin perder la decencia. Que nosotros no olvidemos esa lecci贸n. La tierra de nuestros patricios merece que nos conduzcamos con honor siempre, se gane o se pierda. Que el deporte nos una, no nos divida; que nos eleve, nunca nos humille.
饾棧饾椉饾椏: Edwin Yoel Pascual